Devocional Diario - Sirviendo a Dios con Nuestro Tiempo (Part 3)
- FCC Communications Team

- 28 jul
- 7 min de lectura
28. Julio 2026
Devocional de Reverend Joseph Antwi
Tema: Sirviendo a Dios con Nuestro Tiempo, Nuestros Diezmos y Nuestras Ofrendas

Sirviendo a Dios con Nuestro Tiempo (Parte 3)
La Gran Comisión Requiere Nuestro Tiempo
Lectura Bíblica
Mateo 28:18–20; Romanos 10:13–15; 2 Timoteo 2:2; Hebreos 6:10; 1 Corintios 15:58
Amados:
Al concluir nuestro estudio sobre “Sirviendo a Dios con Nuestro Tiempo”, recordamos que el tiempo es uno de los mayores regalos que Dios ha confiado a la humanidad. Cada uno de nosotros recibe las mismas veinticuatro horas cada día; sin embargo, lo que distingue una vida de otra no es la cantidad de tiempo que tenemos, sino la manera en que decidimos invertirlo. A lo largo de esta serie hemos visto que cada momento pertenece a Dios y que aquello que más valoramos siempre recibirá la mayor parte de nuestro tiempo.
Hoy dirigimos nuestra atención a la mayor tarea que Cristo ha encomendado a Su Iglesia: la Gran Comisión. Es imposible cumplir este mandato divino sin tomar la decisión deliberada de invertir nuestro tiempo en la obra del Reino de Dios.
Antes de ascender al cielo, Jesús reunió a Sus discípulos y les dio Su último mandato:
“Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.”(Mateo 28:19–20)
Estas son algunas de las palabras más importantes que Jesús pronunció, porque revelan la misión permanente de todo creyente. Este mandato no fue dado únicamente a pastores, misioneros o evangelistas, sino a todos los que han llegado a ser seguidores de Cristo.
Observemos cuidadosamente que Jesús no dijo simplemente: “Vayan y prediquen.” Él dijo: “Vayan y hagan discípulos.” Existe una gran diferencia entre ambas cosas. Un sermón puede predicarse en menos de una hora, pero hacer un discípulo suele requerir meses o incluso años de dedicación fiel. Implica enseñar la Palabra de Dios, orar con las personas, responder preguntas difíciles, corregir con amor, animar a los desalentados y caminar pacientemente junto a los creyentes mientras maduran en su fe.
Por lo tanto, la Gran Comisión no es solamente un llamado a hablar de Cristo, sino un compromiso para toda la vida de ayudar a otros a llegar a ser semejantes a Cristo.
El apóstol Pablo nos ofrece una comprensión más profunda de esta verdad en Romanos 10, donde describe el plan de salvación de Dios como una cadena de acontecimientos relacionados entre sí. Él escribe:
“Porque todo aquel que invoque el nombre del Señor será salvo. ¿Cómo, pues, invocarán a Aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en Aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados?”(Romanos 10:13–15)
Si leemos este pasaje con atención, descubrimos que cada etapa de la salvación requiere que alguien invierta su tiempo. Antes de que una persona pueda invocar a Cristo, primero debe creer. Antes de creer, debe escuchar el evangelio. Antes de escucharlo, alguien debe estar dispuesto a predicarlo. Y antes de que alguien predique, debe ser preparado y enviado.
Ninguno de estos pasos ocurre automáticamente. Cada alma que llega al Reino de Dios es el resultado de creyentes que estuvieron dispuestos a dedicar su tiempo a la oración, al estudio de la Palabra de Dios, a la evangelización, al discipulado y al servicio fiel. Detrás de cada testimonio de salvación hay alguien que oró con perseverancia, alguien que compartió el evangelio, alguien que dio seguimiento al nuevo creyente y alguien que no se rindió hasta que Cristo fue formado en la vida de esa persona.
Este pasaje también debe llevarnos a reflexionar sobre nuestro propio camino de fe. Ninguno de nosotros llegó a Cristo por casualidad. Alguien invirtió tiempo en nosotros. Tal vez fue un padre o una madre que oró fielmente por nosotros, un pastor que predicó la Palabra, un amigo que nos invitó a la iglesia, un maestro de escuela dominical que nos enseñó las Escrituras o un creyente maduro que nos discipuló pacientemente durante nuestros primeros años de vida cristiana.
La fe que hoy disfrutamos es, en muchos sentidos, el fruto de la inversión que otros hicieron en nuestras vidas. Si otros estuvieron dispuestos a dedicar su tiempo para que nosotros conociéramos a Cristo, ¿no deberíamos nosotros también estar dispuestos a invertir nuestro tiempo para que otros experimenten la misma gracia salvadora?
Este principio de multiplicación se ilustra maravillosamente en la instrucción que Pablo le dio a Timoteo:
“Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros.”(2 Timoteo 2:2)
Aquí vemos cuatro generaciones de discípulos representadas en un solo versículo: Pablo invirtió en Timoteo; Timoteo debía invertir en hombres fieles; y esos hombres fieles debían enseñar también a otros. Este es el modelo de Dios para el avance de Su Reino. El cristianismo nunca se ha extendido únicamente por medio de grandes reuniones o poderosos sermones. Ha avanzado porque hombres y mujeres fieles han dedicado constantemente su tiempo a enseñar, discipular y formar a otros para que lleguen a ser discípulos de Jesucristo.
Mientras reflexionaba sobre nuestra reciente Capacitación de Liderazgo de YCPI en Dortmund y la Conferencia de Pentecostés en Oberhausen, comprendí una vez más que el tiempo invertido en el crecimiento espiritual nunca se desperdicia. Cada enseñanza, cada sermón, cada conversación, cada tiempo de oración y cada diálogo después de las reuniones formaron parte del proceso de Dios para equipar a Su pueblo. Algunas lecciones darán fruto de inmediato, mientras que otras quizá no sean evidentes hasta dentro de muchos años. Sin embargo, cada momento dedicado a aprender la Palabra de Dios y a preparar a Su pueblo para el ministerio contribuye al avance de Su Reino.
Lo mismo sucede en nuestras iglesias locales. Cada estudio bíblico, cada reunión de oración, cada clase de discipulado, cada sesión de consejería, cada encuentro de jóvenes y cada actividad evangelística constituyen una inversión para la eternidad. Tal vez no siempre veamos resultados inmediatos, pero Dios sigue obrando continuamente por medio de estos actos fieles de servicio.
Hay momentos en que servir a Dios puede ser físicamente agotador y emocionalmente exigente. Quienes participan en el ministerio saben lo que significa dedicar largas horas a preparar mensajes, visitar familias, aconsejar a personas con el corazón quebrantado, orar por los enfermos y dar seguimiento a los nuevos creyentes. Con frecuencia, estos actos de servicio se realizan en silencio, sin reconocimiento ni aplausos. Sin embargo, la Escritura nos recuerda que Dios nunca pasa por alto nuestro trabajo.
“Porque Dios no es injusto para olvidar vuestra obra y el trabajo de amor que habéis mostrado hacia Su nombre, habiendo servido a los santos y sirviéndoles aún.”(Hebreos 6:10)
¡Qué promesa tan consoladora! Nuestro Padre celestial lleva un registro perfecto de cada sacrificio hecho por Su Reino. Cada hora dedicada a discipular a un nuevo creyente, cada visita a una persona necesitada, cada conversación evangelística, cada oración ofrecida en secreto y cada acto de servicio fiel son recordados por Él.
El mundo suele celebrar la fama, la influencia y el reconocimiento. Pero Dios honra la fidelidad. Él nunca olvida a quienes invierten voluntariamente su tiempo en servirle.
Por eso, el apóstol Pablo concluye con estas alentadoras palabras:
“Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano.”(1 Corintios 15:58)
Como creyentes, debemos recordar que los logros terrenales son temporales, pero cada alma ganada para Cristo y cada discípulo formado para Su Reino tiene un valor eterno.
Un día todos compareceremos ante el tribunal de Cristo, no para determinar nuestra salvación, sino para rendir cuentas de cuán fielmente utilizamos el tiempo que Él nos confió. En ese día, nuestro mayor gozo no estará en nuestras carreras, nuestras posesiones o nuestros logros personales, sino en escuchar a nuestro Señor decir:
“¡Bien, buen siervo y fiel!”
Que esta verdad inspire a cada uno de nosotros a hacer que cada día cuente para la eternidad. No posterguemos la obediencia, no descuidemos el discipulado ni permitamos que las ocupaciones de la vida nos hagan demasiado ocupados para la obra del Reino de Dios.
Más bien, dediquemos con alegría nuestro tiempo a cumplir la Gran Comisión, sabiendo que cada momento invertido en Cristo producirá un fruto que permanecerá mucho después de que esta vida haya pasado.
Motivos de Oración
1. Padre, gracias por confiarme el precioso regalo del tiempo. Enséñame a aprovechar cada día con sabiduría para Tu gloria y para el avance de Tu Reino.
2. Señor Jesús, llena mi corazón de compasión por los que aún no te conocen y dame el valor para compartir el evangelio dondequiera que Tú me envíes. Ayúdame no solo a ganar almas para Ti, sino también a hacer discípulos fieles.
3. Espíritu Santo, fortaléceme para invertir mi tiempo en las personas, así como otros invirtieron su tiempo en mí. Que mi vida sea un instrumento por medio del cual las futuras generaciones lleguen a conocer a Cristo.
4. Padre, fortalece a cada pastor, misionero, evangelista, obrero del ministerio y a todo creyente fiel que te sirve incansablemente. Recuérdales que su obra de amor nunca es olvidada por Ti y que su recompensa está segura en Cristo.
5. Permíteme comparecer un día delante de Ti con gozo, sabiendo que invertí mi vida, mis dones y mi tiempo en cumplir la Gran Comisión y en hacer avanzar Tu Reino eterno.
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Shalom!
Rev. Joseph Antw




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